Reflexiones sobre cine y fútbol | Zacateks.com

Reflexiones sobre cine y fútbol

Esta es una temporada que a nivel mundial se deja llevar por las más grandes pasiones, gente en la calle comprando las camisetas de sus selecciones, sus pantallas de alta definición, llenando sus refrigeradores de cerveza y la alacena con frituras para poder vivir la experiencia mundialista de la mejor manera, es casi todo un ritual comparado con la experiencia cinematográfica en casa.

Claro está que el fútbol es un deporte que levanta pasiones, que al igual que una película que dura dos horas (hablando de una duración estándar), también juega de manera cruel con las emociones del espectador: lo mantiene en suspenso, lo hace saltar del sillón, llorar ante la derrota, suspirar por todo aquello que pudo haber sido pero jamás lo será, claro con las distancias entre la realidad plasmada en alta definición del fútbol y la fantasía de una película.

Y es que la ventaja del cine, es que nos permite vestirnos dentro de la piel de los personajes, como ese Elijah Wood que demostró todo su potencial destructivo en la cinta Hooligan, la cual nos mostró cómo ser un aficionado de hueso colorado puede tener su lado negativo, este lado oscuro y siniestro del balompié que va ligado con la violencia y el fanatismo extremo que puede llegar a destruir nuestras vidas, y que en los diferentes estadios del mundo se ha convertido en el pan nuestro de cada día en esta sociedad contemporánea.

Si esta idea resulta demasiado oscura, podemos fantasear con ponernos en la mira de los aficionados y podemos ser un futbolista estrella de algún club famoso, ¿pero cómo podemos alcanzar la fama?

Para ello debemos destacar, y una buena idea es mezclar fútbol con artes marciales como se muestra en la cinta Shaolin Soccer, en donde dicho deporte alcanza cuotas demasiado fantásticas, sería genial anotar goles suspendido a más de 20 metros, o burlar a los contrincantes con movimientos rápidos y eficaces, o patear el balón a mas de 140 kilómetros por hora, sería una bestia imparable como Oliver de los Supercampeones, pero seamos realistas, creo que a la larga se perdería todo el interés al terminar con el elemento competitivo e igualitario.

Pero poniendo la perspectiva más cercana a la realidad y convertirse en un héroe del fútbol, se debe tener un objetivo, un rol aspiracional y qué mejor que una de las figuras más reconocidas del futbol internacional como David Beckham, tal como le pasa al personaje principal de la cinta Quiero Ser como Beckham, en la cual una mujer de origen indio decide romper el estereotipo de la mujer de oriente para poder convertirse en una exitosa futbolista, en lugar de estudiar derecho o aprender a cocinar, casarse, tener hijos y así cumplir con su rol social, pero no, a los aventureros nos gusta el camino difícil, aquel que se recorre con obstáculos y al llegar al extremo, anotar el gol de la victoria.

O si ya de plano sabemos que nuestros talentos para dominar el balón no son buenos, podemos cambiar de táctica, y llevar la emoción y  pasión a un nivel un poco más… oculto ―por decirlo de alguna manera―; jugando al futbolito e imaginando que los monitos cobran vida, como en la película Metegol, que estamos en el mundial y que la victoria depende de cómo movemos a nuestras pequeñas figurillas plásticas.

Nadie nos vería, se burlaría de nosotros, y todo quedaría sólo entre las cuatro paredes de una habitación y un juego de futbolito con sus figuras ligeramente despintadas de tanto uso.

Si finalmente reconocemos que no tenemos talento para el fútbol, tanto en cancha como en juego, pues podemos conformarnos con ser unos simples aguadores como el Chanfle, así podemos estar en la cancha, viendo a los héroes del soccer correr y también ayudándolos a conseguir la victoria y, de paso, a sacarle unas cuantas canas verdes al director técnico.

En fin, cualquiera que sea su elección durante este mundial, recuerden disfrutar del fútbol y del cine, que ambos nos ofrecen un sinfín de sentimientos que nos recuerdan que siempre vale la pena luchar por aquello que se sueña.

Por Oswaldo Tagle Damasco