Reflexiones sobre el amor en tiempos de la tecnología: Ella | Zacateks.com

Reflexiones sobre el amor en tiempos de la tecnología: Ella

Si hace algunos años, nos preguntáramos como cambiaría la forma en que nos relacionamos con los demás utilizando la tecnología, lo más probable es que nos imagináramos las películas de ciencia ficción setenteras, cuyos visionados, si bien podríamos catalogarlos como ridículos, al menos hoy día llegan a tomar cierto sentido en pleno siglo XXI.

Sólo un director como Spike Jonze es capaz de tomar una premisa como la de un hombre que se enamora de un sistema operativo, para poner en entredicho las relaciones humanas versus las relaciones tecnológicas, y es que si bien es cierto que hoy día queremos y pasamos más tiempo con nuestro celular, es través del mismo que cosechamos las relaciones “personales” estableciendo un esquema de comunicación más impersonal, más frío, más distante, pero a la vez más cercano a nuestros dispositivos tecnológicos.

Pero cuales son los motivos por los cuales este personaje (interpretado magistralmente por Joaquin Phoenix) lo lleva al extremo de enamorarse de esa manera de una sensual voz (Scarlett Johansson) que debido a que es poseedor de una inteligencia artificial envidiable, es capaz de desarrollar sentimientos, generar reflexiones de carácter filosóficos, interactuar con otros sistemas operativos y nutrirse de información, contactar a otros usuarios para generar vínculos de comunicación, lo que en un cierto sentido le da un carácter humanista a este simple y sencillo sistema, logra atrapar a este hombre solitario (y también a nosotros los espectadores) llevándonos en una vorágine de carácter romántico, y aquí es donde la labor de Jonze como director y visionario nos logra sorprender al no hacernos creer que esta relación (no natural) es posible en la vida real.

Y ese destello de realismo puro lo que hace creíble el contexto “futurista” en el que se desarrolla la historia, es esa relación apasionada, es esa frialdad de lo contemporáneo, el espacio físico, el espacio social, la interacción mínima con otros entes, lo que nos separa del escollo social y nos acerca más a la tecnología, nos motiva y nos hace enamorarnos de ella.

Esta metáfora disfrazada de realismo no logra ser más que un retrato fiel de nuestra actualidad, de los tiempos que vivimos, de aquellos a los que nos dirigimos de manera inevitable. Todo en la película se maneja entre paletas grises y pasteles (tomados de las películas de ciencia ficción setenteras claro), y es en ese futurismo retro donde nos quedamos fascinados contemplando como poco a poco esa tecnología nos ha robado el alma y hasta el amor.

Pero qué es lo que nos queda al final de todo esto, la respuesta es obvia cuando realmente se ama con el corazón, no diré el final de la película aunque resulta inevitable a medida que avanza el filme, la tecnología no tiene cuerpo, no tiene alma, aunque si humanismo y esa falsa sensación de humanidad es lo que nos refleja y conduce a ese final,  que nos impide establecernos como usuarios conscientes, pero así pasa con el amor, nos atonta, nos arroja al suelo y nos escupe, creando un vacío, que ni un conjunto de bits con inteligencia artificial pueden curar, toda vez que se han ido para siempre.

 

Oswaldo Tagle Damasco.